16.8.09

Hilaria Quirino, Fernández Huidobro, Gustavo Zerbino y la bomba en el bowling

En mi libro Historias tupamaras menciono el trágico atentado con bombas contra el bowling de Carrasco, realizado por el MLN el 29 de setiembre de 1970.
Aquella violenta acción fue las más trágica del “Cacao”, un plan llevado adelante con el propósito de aterrorizar a la “burguesía” uruguaya.
Nada en el bowling salió como se había pensado, y dos de los integrantes del comando tupamaro que atentó contra el local murieron sepultados por los escombros del bowling derruido.
atentando bowling carrasco, historias tupamaras, zerbinoA raíz de aquel fracaso, la dirección del MLN decidió que en adelante sus bombas tendrían un mecanismo de retardo: así quienes las colocaran tendrían tiempo para escapar. La tarea de hacer esos artefactos le fue ordenada a un joven que hasta ese momento solo sabía fabricar equipos de audio. Ese joven era Juan José Cabezas y cumplió con su misión hasta que una bomba le explotó en sus manos, mutilándolo y dejándolo casi ciego. Cabezas cuenta su historia en el libro.
Basándome en múltiples fuentes documentales y testimonios, escribí en Historias tupamaras que en el atentado al bowling también murió Hilaria Ibarra, la cuidadora del local. El dato está consignado en libros y numerosos artículos de prensa.
Sin embargo, el 27 de febrero en el diario La República y polemizando con el diputado Daniel García Pintos, el senador Eleuterio Fernández Huidobro declaró que la cuidadora del bowling no murió en aquel atentado. Sostuvo que los militares incluyeron ese dato erróneo en su libro La subversión y otros lo tomaron de allí:
“Yo me preocupé de averiguar eso, se llamaba Hilaria, su segundo apellido era Ibarra y fue lo que yo pude averiguar, quedó herida en esa operación, estuvo internada en el Hospital Militar, cuando salió obtuvo un empleo público y murió hace cinco años en el Museo Pedagógico donde se desempeñaba como portera”.
La declaración de Fernández Huidobro pasó desapercibida entre las noticias de actualidad. Sin embargo, decidí intentar desentrañar el misterio. ¿Había muerto o no la cuidadora del bowling?
Visité el Museo Pedagógico, pero ningún funcionario recordaba a una empleada llamada Hilaria. Hablé con una persona que ya lleva seis años en el museo: nunca había oído hablar de una sobreviviente del atentado del bowling.
Los funcionarios del Museo Pedagógico me sugirieron que averiguara en una oficina administrativa de Primaria, de la cual ellos dependen. Allí me atendió un hombre amable que me contó que su carrera funcional se había visto frenada durante la dictadura. No recordaba a ninguna Hilaria, pero me anunció que hablaría con un compañero jubilado que sin dudas la recordaría. “Lo felicito por ocuparse de estos temas”, me dijo, me estrechó la mano y prometió llamar cuando supiera algo. Nunca llamó.
Decidí revisar los diarios de la época en busca de una pista que permitiera avanzar en la resolución del misterio.
Lo primero que descubrí fue que la cuidadora no se llamaba Hilaria Ibarra. El diario El País la llamaba así en una de sus crónicas, pero en otras la llamaba Hilaria Quirino, y éste último era su verdadero nombre. Tenía 48 años cuando explotó la bomba, decía el diario. No había muerto en la explosión, pero había resultado herida de gravedad. El diario añadía un detalle sorprendente: quien había rescatado a la pobre mujer de debajo de los escombros había sido un joven llamado Gustavo Zerbino. ¿Era el mismo muchacho que pocos años después sería uno de los héroes de la tragedia de los Andes?
Durante cuatro días, El País informó sobre la evolución del estado de salud de Hilaria Quirino, aunque cada vez dedicándole un espacio menor. Fue operada varias veces. Los médicos confiaban en que pudiera sobrevivir. Pero luego otras noticias, otras "operaciones" tupamaras, hicieron que la cuidadora del bowling desapareciera de las páginas del diario. Revisé las ediciones de los siguientes dos meses. No había una sola palabra más sobre Hilaria. ¿Había sobrevivido? ¿Había muerto en el hospital?
Necesitaba encontrar a alguien que la hubiera conocido. Sabiendo ahora su nombre verdadero la misión fue más sencilla. Al fin di con la hija y el yerno de la finada cuidadora del bowling.
Supe que Hilaria Quirino sufrió heridas terribles cuando explotó la bomba. “Quedó toda abierta”, me dijo su yerno David Walter Cohen. “Pasó ocho meses internada en el hospital Militar. Nunca se recuperó ni física ni mentalmente. Como mujer, le arruinaron la vida”.
En esos ocho meses, Hilaria debió volver a aprender a caminar, porque no podía. Dos veces creyó reconocer entre los enfermeros a integrantes del comando tupamaro que había volado el bowling. Pensó que procuraban matarla.
Su hija, María Rita, tenía 15 años y con su madre internada no tenía de qué vivir. No recuerda si fue en la prensa o hablando con los vecinos, pero ella pidió que alguien le facilitara una máquina de tejer para así poder ganarse la vida. Pocos días después un auto se detuvo frente a su casa y unos jóvenes bajaron y, en forma furtiva y sin decir una palabra, le dejaron una máquina de tejer. ¿A quién tengo que agradecerle?, preguntó ella. No respondieron y se fueron rápido.
“La pasamos muy mal. No somos rencorosos, pero tenemos memoria”, me dijo Cohen.
María Rita no quiso hablar mucho. “Mi madre nunca se recuperó, sobre todo mentalmente. Su cuerpo parecía un mapa de tantos injertos que tuvieron que hacerle. A mí me costó mucho sobreponerme y ya no quiero hablar de eso. Yo no soy quién para perdonar, es el de arriba el que tiene que perdonar”.
Hilaria Quirino –hoy fallecida- nunca pudo volver a hacer un trabajo normal. Por eso el Estado le dio un empleo público de mínima exigencia: portera del Museo Pedagógico.
También llamé a Gustavo Zerbino. Efectivamente, quien rescató a Hilaria de debajo de los escombros es el mismo Gustavo Zerbino de los Andes. El día que los tupamaros volaron el bowling tenía 17 años. Vivía a una cuadra del edificio, y cuando la explosión sacudió al barrio –se rompieron todos los vidrios, los pedazos del bowling llegaron hasta la rambla, a 300 metros- salió a la calle y fue a ver qué había pasado.
El panorama que encontró era dantesco. Un edificio de tres pisos había quedado reducido a nada, dos pisos enteros se habían desplomado sobre quienes estaban allí. No había bomberos ni policías. Se escuchaban gritos. Los restos del bowling se estaban incendiando.
Zerbino rescató de los escombros a seis personas, Hilaria fue la más difícil.
“Se estaba prendiendo fuego y me gritaba: ‘sacame, sacame’”, recuerda Zerbino.
Hilaria Quirino había quedado sepultada bajo el peso de una enorme columna. Zerbino empleó toda su fuerza, pero aquellos bloques de concreto eran imposibles de mover. El fuego lo abrasaba todo. Hilaria pedía ayuda, horrorizada. “Las lenguas de fuego ya estaban allí”, recuerda Zerbino. “No había nadie para ayudar, yo no entendía cómo no llegaban los bomberos y la policía. Tiré y tiré con todas mis fuerzas. Deben haber sido unos minutos, pero me parecieron horas. Para sacarla de debajo de la columna tuve que arrancarle prácticamente una pierna y desmembrarle la cadera. Recién ahí salió. Fue lo más espantoso que hice en mi vida, fue horrible, pero al menos salvó su vida”.
Luego lo invitaron a visitar a Hilaria en el hospital. No fue. Le molestaba el uso político que se le quería dar al asunto pero, sobre todo, no quería ver a Hilaria. “Para mí fue muy fuerte ver su cara desesperada pidiendo ayuda”. No resistía revivir el terror.
Fernández Huidobro tiene razón en algo. En un estricto sentido biológico, Hilaria no murió en el bowling. Sin embargo, no parece que tenga demasiado de que enorgullecerse, ni que reivindicar, respecto a aquella obra del MLN.
Yo corregiré el dato en la próxima edición de mi libro.
Eso puede corregirse.


Bowling antentado MLN tupamaros
Artículo en el vespertino El Diario, 2 de mayo de 1971.










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8.8.09

El Gladiador

Julio Ribas, Gladiador, Peñarol
Todas las mañanas bien temprano, aún en invierno, cuando llueve y hay helada, Julio Ribas sale al jardín de su casa en traje de baño, se para en el borde de la piscina y grita bien fuerte: «¡¡¡ESTOY EN GUEEERRAAA!!!». Luego se zambulle en las gélidas aguas.
Silvana, su esposa, le pide que no lance esos alaridos, porque teme que los vecinos se quejen. Pero Ribas no le hace caso. Para él, todas las personas del mundo están en guerra, sólo que algunos tienen la valentía de asumirlo y otros no. Él lo asume.
Ribas es el director técnico de Peñarol. Para muchos es el entrenador más polémico del país. A pesar de sus éxitos o precisamente por ellos. Se hace llamar El Gladiador. Hoy, cuando el fútbol se ha transformado poco menos que en una ciencia de laboratorio, él sostiene que es una guerra. Donde un técnico como el argentino Marcelo Bielsa ve un tablero de ajedrez lleno de estrategias por tramar, Ribas ve un campo de batalla. Él piensa que para ganar lo más importante es que sus “gladiadores” estén convencidos de que son invencibles. Y que sean capaces de dar lo máximo en cada jugada.
«Lo más parecido al deporte profesional está en el Coliseo romano», me dijo Ribas en Los Aromos. «Los que entran a un estadio no son ni azafatas ni modelos, son guerreros. ¡Guerreros! El fútbol es vida o muerte, deportivamente. Es uno u otro. No existe un gris».
Viéndolo así, su carrera es una suma de muertes y resurrecciones, triunfos y derrotas. Quizás todo dependa de lo motivados que estén los jugadores con su discurso.
Mi primer encuentro con Ribas fue en abril. Entonces Peñarol iba en las primeras posiciones y el objetivo de reconquistar el Campeonato Uruguayo -tras cinco años de fracasos con otros entrenadores- parecía cercano.
Ribas reunió a los futbolistas en la mitad de la cancha. No había público. Sólo se escuchó su arenga:
–¿Qué precio están dispuestos a pagar para ser campeones? ¡Yo pagaría lo que fuera! Siempre hay un precio por lo que querés y nosotros lo pagamos en cada entrenamiento. ¡Cada uno tiene que ser como si fuera el último!
Comienza la práctica. Hay que correr más, grita Ribas:
–¡Vamos que son jóvenes, les tienen que salir las tripas de la boca!
Un jugador falla en una jugada y agacha la cabeza, apesadumbrado. Es el tipo de cosas que Ribas no acepta en un «gladiador». Su voz truena:
–¡No agaches la cabeza! ¡La vida no es para lamentarse! ¡Es para buscar otra oportunidad!
Ahora ordena un ejercicio: los suplentes deben retener la pelota; los titulares, quitársela. Con el cuello de la remera levantado como malevo de tango, Ribas ordena comenzar. El arquero suplente le pasa el balón a uno de sus jugadores. Ribas empieza a gritar como si aquello fuera la final de la Copa del Mundo:
–¡Presione! ¡Presione! ¡Presione!, ¡Presiónalo! ¡Presiónalo!, ¡Presiónalo!, ¡Presiónalo!, ¡Presiónalo ya!, ¡Presiónalo ya!, ¡PRESIÓNALO YA!, ¡PRESIÓNALO A MUERTE!
Antes de irse a bañar, los futbolistas practican tiros al arco. Ribas se para detrás de la portería. A cada uno que va a patear, lo desafía:
–¡Acá estoy yo, el monstruo! ¡Soy el ogro y no pueden soportar esta presión!
Ribas confía más en sus mensajes que los esquemas de juego o en las complicadas jugadas de laboratorio. «Si al jugador le llegás al alma, vas a ganar con la táctica y la estrategia que sea, el sistema sale solo», le dijo a un joven admirador que fue a Los Aromos a pedirle consejo sobre cómo entrenar a un club infantil. Si el escritor y periodista mexicano Juan Villoro escribió que los equipos que dirige el holandés Cruyff son como un cuadro expresionista abstracto en el que cada futbolista incorpora un color, de los equipos de Ribas podría decirse que son como un ejército medieval en el cual cada jugador ayuda con toda su fuerza a impulsar el ariete que golpea una y otra vez contra la fortaleza enemiga. Ribas lo llama «fútbol vertical». La pelota siempre es impulsada hacia adelante, contra el arco rival. Nada de elaboradas jugadas ni de sucesivos pases laterales de pelota. Siempre al frente, nunca para el costado.
Por entonces, Peñarol había ganado los últimos dos partidos que había jugado. Y luego ganó otro. Pero de todas maneras su juego había sido horrible según la mayor parte de la prensa. Sin embargo, Ribas no acepta ese tipo de críticas. A él le parece ridículo pretender que el fútbol tiene una dimensión estética.
–La estética es muy subjetiva, agradar a todos es imposible. Lo que cuenta, en la vida y el deporte, es la eficacia: hacer goles y que no te los hagan.
En su blog hay una frase que lo resume todo: “Ganar no es lo más importante. Es lo único”.
Uno de sus libros de cabecera es El arte de la guerra, del chino Sun Tzu, un clásico con 2.500 años de antigüedad. Tiene un ejemplar en su mesa de luz, junto con una biografía de Jesús, el Manual del Guerrero de la Luz, de Paulo Coelho, y otra media docena de libros a los que vuelve una y otra vez. «Sun Tzu dice algunas verdades universales», me explicó al término de un entrenamiento. «Una de ellas es que la invencibilidad está en uno mismo y la vulnerabilidad en el adversario. Los guerreros en la antigüedad primero se tornaban invencibles, para después ir por la victoria. Vos primero tenés que forjarte un hombre con una autoestima increíble. Y ella te va a dar la capacidad de jugar al fútbol de la mejor manera. Ése es el camino».
–¿Qué piensa cada mañana cuando se mira al espejo? –le pregunté.
–Que soy el mejor. No podría luchar por mi familia, por mis hijos, por mi equipo que es tricampeón del mundo y pentacampeón de América, si no lo sintiera.
En su blog Ribas se presenta como «el Gran DT», «¡Multicampeón!» y «¡Hombre récord!». Su ambición es llegar un día a ser campeón del mundo. «Hasta que no lo consiga no va a parar», me dijo su esposa.

Primer bloque del reportaje sobre Julio Ribas escrito por Leonardo Haberkorn. Fue publicado en la edición de agosto de 2009 de la revista Bla. Integra el libro Crónicas de sangre, sudor y lágrimas.
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